lunes, 1 de agosto de 2016

Relato: Una rosa y un adiós // ¿Qué será del blog?

Hola a todos, ¿cómo están, tanto tiempo? Espero que anden bien. Ya han pasado tres meses y medio desde la última entrada que consistió en una reseña de un manga. Hoy vengo a hablarles sobre lo que será del blog, como bien dice el título de la entrada, y vengo a mostrarles un nuevo relato. Así que, primero les contaré qué va a pasar con el blog, para luego despedirme con un relato.


Realmente, vine retrasando mucho esta entrada, y es algo que me pensé muchísimo, sobre si debía o no continuar con este blog, ya que las entradas en los últimos dos años y medio se han vuelto demasiado esporádicas. Además, ya casi no comento en ningún blog; estoy muy alejada de este mundo virtual. Todo eso, ha hecho replantearme qué quería hacer con este blog. Creo que no quería resignarme a dejarlo, pero tal y como están las cosas en este momento en mi vida, he decidido dejar este blog. No digo cerrarlo porque, quizás, sea un hasta pronto, pero he decidido que lo mejor es que ya no publique acá, al menos por un tiempo largo. Tal vez vuelva, tal vez, no; no lo sé. Es algo que el tiempo dirá.

Esta decisión no viene porque sí, sino que es algo que he meditado mucho, y me he dado cuenta de que es lo mejor. Sinceramente, blogger para mí ya no es lo que era. Muchas de las personas con las que más me hablaba en este mundo, ya no están más, han cerrado sus blogs, y eso ha hecho, en parte, que ya no tenga muchas ganas de estar por acá. Por otro lado, he perdido las ganas de escribir reseñas, lo cual se debe, también, al hecho de que no estoy bien en mi vida. Estoy trabada, siento que no avanzo; me siento detenida, sin saber a dónde ir. Así que, creo que es lo mejor para el blog y para mí. No quiero traerles entradas forzadas, por el simple hecho, de tener que continuar. Creo que lo mejor es darle a este blog un punto y a parte. Espero sepan comprenderme.

Sin embargo, no cerraré el blog, sino que este seguirá aquí, pero borraré algunas cosas, como la novela Más allá de estas tierras y, probablemente, los relatos. Pero Nihon Phenix quedará aquí porque es algo en lo que trabajé mucho y, a pesar de sus altibajos, creo haber sido constante. Además, quizás, en algún momento me apetece volver.

Igualmente, podrán encontrarme en twitter, goodreeds y tumblr, cuyos links los tienen al costado. Ahí, sigo más o menos activa. Así que, a quien quiera, lo invito a seguirme por ahí. Además, si necesitan decirme algo, también tienen mi mail. De esta manera, podremos seguir en contacto, con aquellos que quieran hacerlo.

Quiero agradecerles a todos los que me han acompañado en esta travesía todos estos años, estos 5 años y medio (¡cuánto tiempo!). Gracias por haberse pasado, por haber comentado, por haberme acompañado. Me llevo muy buenos recuerdos, y personas que, a pesar de la distancia, se han convertido en mis amigos. ¡Gracias a todos! Prefiero pensar que esto es un hasta luego y no un hasta siempre.

Para despedirme, los dejo con el siguiente relato, el cual va acompañado de la canción "Everytime you kiss me", del anime Pandora Hearts. Espero que lo disfruten. ¡Muchas gracias por todo!




Una rosa y un aidós

Todavía recordaba el cuerpo congelado de su amado, yaciendo en calma en aquel ataúd. Aún recordaba esos ojos que ya nunca la mirarían, y esas manos que nunca más la tocarían. En el funeral, Ana apenas había llorado, pues todavía estaba en shock por lo ocurrido: aquel a quien amaba había muerto en un accidente de tránsito. Lo único que sabía era que no podría de vivir sin él. Lo que más deseaba en ese momento era morir allí mismo; que el fantasma de Pedro viniese y se la llevase a la eternidad. 

Tras el incidente, lo único que pudo hacer Ana fue encerrarse en su casa, sin apenas salir, dejando, por fin, que sus lágrimas fluyeran desconsoladamente, sintiendo a su corazón marchitarse ante la ausencia, ante el silencio espeso y la oscuridad que se la iba tragando poco a poco. Solo el ruido del reloj, colgado sobre una de las paredes de la habitación, era lo que la volvía a la realidad, a una realidad a la que no quería regresar.

Así pasó las semanas, encerrada y acurrucada en su cama, con la piel demacrada de tanto desconsuelo. Nadie, salvo su padre y sus suegros venían a visitarla, puesto que Ana no tenía amigos, y nunca los había tenido. ¿Qué haría ahora que Pedro ya no estaba? Era demasiado solitaria, y el mundo era demasiado cruel por haberle quitado lo único que la hacía feliz. Apenas se movía y, poco a poco, se estaba convirtiendo en un ser que solo vivía gracias a que respiraba. Su único compañero era el frio en esos días de invierno, que se colaba en cada fibra de su ser y se confundía con el frio de su propio corazón. Ya no quería vivir, ya no podía vivir. Pedro ya no estaba, y cada cosa en la casa solo le recordaba a él, a su ausencia, a una presencia que ya no estaba para consolarla. 

Todos los momentos felices vividos junto a él se arremolinaban en su mente y en su corazón, haciéndole todavía más pesada la carga de seguir respirando. Solo le pedía a Dios, por las noches, llorando desgarradoramente, que se la llevase o, aunque sea, la hiciese olvidar. Solo el murmullo del mar que sonaba en la cercanía, al chocar contra las olas, era la canción de cuna que la ayudaba a dormir y, por un momento, sumirse en un estado de inconsciencia, donde aquella pena que tanto la atormentaba desaparecía.

Una de esas tantas noches, todo parecía estar en calma, salvo por los sollozos descontrolados de Ana, quien apretaba su cuerpo contra la almohada, tratando de ahogar aquellas lágrimas y, junto con ellas, aquel dolor. El frio lograba colarse, a pesar de la colcha que la tapaba, hasta sus huesos, produciéndole un escalofrío. Miró hacia la ventana y vio que estaba abierta. Se había olvidado de cerrarla antes de acostarse. A pesar de su entumecimiento y de sus nulas ganas, la mujer se levantó de la cama y se acercó hasta la ventana, temblando por el frio que acentuaba el dolor de su ser. Se dispuso a cerrar la ventana, pero antes miró hacia el cielo. Esa noche los astros brillaban en todo su esplendor. Las estrellas extendían sobre la ciudad costera su suave luz azulada, mientras la luna envolvía todo en su velo de plata. Su mirada se quedó maravillada ante el espectáculo de luces que la noche le regalaba, olvidándose por un instante de la pena que la atravesaba. Sentía como si la estuviesen hipnotizando.

De pronto, se vio a sí misma inmersa en lo que pensaba era un sueño. Un hermoso salón, todo hecho de mármol blanco y rosa, e iluminado por lámparas que colgaban de las distintas columnas, se apareció ante ella. Miró extasiada aquel lugar de ensueño, igual a uno de aquellos castillos de las películas, llenos de esplendor y dignos de la realeza. Observó que del centro del techo colgaba una enorme araña de bronce, llena de luces que daban una gran claridad al salón. Una de las paredes de aquel salón estaba decorado con un gran espejo. Se acercó a él y se observó a sí misma, vestida con un vestido azul eléctrico que contrastaba con su piel blanca y que le llegaba hasta el suelo, sostenido por unos pequeños breteles. Se levantó el vestido y debajo comprobó que sus pies calzaban unas brillantes sandalias color plata. Fue hacia su rostro, y se quedó contemplando el bello peinado de su cabello castaño, recogido al estilo griego. Sus ojos se escondían tras un antifaz, al igual que todos los invitados a la fiesta. Parecía una princesa salida de un cuento. En realidad, todo el lugar parecía salido de un cuento de hadas, de esos que tanto le gustaban de niña. Solo faltaba un príncipe azul. La imagen de su amado vino a su mente y su corazón se estremeció ante el recuerdo de esos ojos cálidos.

Se apartó del espejo y se quedó observando, junto a una de las enormes columnas del salón, cómo las parejas disfrutaban de la música clásica, bailando y riendo, vestidos con trajes de gala y adornados con la más exquisita bijouterie. Bajó la mirada. De pronto, la sensación de no pertenecer a ese lugar se apoderó de ella, y la tristeza asoló su corazón. El dolor por la pérdida de Pedro poco a poco volvió a ella, y la angustia la atravesó como una daga. Ni siquiera en los sueños, era dueña de sí misma; Pedro siempre estaría presente. Sintió ganas de salir corriendo de allí, pero algo la detuvo, y se quedó inmóvil en ese lugar. No se percató de que alguien tenía sus ojos fijos en ella.

Un hombre de piel morena y cabello castaño, vestido con un hermoso traje blanco, miraba a Ana con una sonrisa desde un balcón, cautivado por su belleza. Con sigilo y a paso lento, fue recorriendo el salón hasta que llegó junto a ella. Se quedó parado a su lado, en silencio, esperando alguna reacción por parte de esa mujer. 

Al sentir la presencia de alguien a su lado, Ana giró su rostro y contempló a aquel hombre, embelesada, prendada por su hermosura. Entornó los ojos para contemplarlo mejor, pues algo en él le parecía familiar. Inmediatamente, una vez más, la imagen de Pedro le vino a la mente. Bajó su rostro y se abrazó a sí misma para acallar la angustia que tanto la carcomía. 

El hombre se preocupó al verla así, pero no podía decir nada. Todavía no era el momento, así que, le acercó una de sus manos. Sin decir una palabra, hizo un gesto invitándola a bailar, dibujando una sonrisa cautivadora en su rostro. Sabía que ella no podría resistirse a ella.
Ante aquella pose seductora, propia de un príncipe, Ana no pudo rehusarse. Tomó la mano que él le ofrecía y se dejó guiar hacia la pista de baile.

Comenzaron a bailar el vals que envolvía el ambiente. Poco a poco, sin que ambos se diesen cuenta, todos los demás presentes fueron desapareciendo, hasta que solamente quedaron ellos dos, siguiendo el ritmo de la música lenta. Ana, aunque estaba algo intimidada por la mirada profunda que tenía frente a sí, apenas a unos centímetros, no podía dejar de contemplar esos ojos, verdes como la hierba de la primavera. Le transmitían una calidez tan familiar que, al instante, las lágrimas silenciosas empezaron a deslizarse por sus mejillas. Su pareja de baile acarició su rostro con sus manos y secó esas lágrimas. Ella se quedó paralizada ante aquel gesto, tanto que dejó de bailar y empezó a respirar entrecortadamente. Ese era un gesto muy particular que solamente Pedro hacía. ¿Acaso este hombre era…? No, no podía ser.

El hombre junto a ella frunció el entrecejo y la miró, nuevamente, con cara de preocupación. Ya era hora. Le ofreció a Ana una de sus manos, la cual ella tomó con suavidad, sintiendo que la calma regresaba a ella. Aquel hombre le transmitía una confianza y una tranquilidad que lograba apaciguar sus emociones. Se dejó llevar sin mirar a dónde iban, solo guiada por esa mano cálida que la sostenía con firmeza. Finalmente, llegaron al jardín, alejándose de la música y las luces del salón, dirigiéndose a unos bancos de piedra que había debajo de un limonero. 

Ambos se sentaron y Ana pudo sentir cómo el viento cálido de lo que parecía ser el verano, le mecía los pocos mechones libres del peinado. Contempló con dificultad, debido a la oscuridad, las flores de aquel enorme jardín, teñidas de azul por la pálida luz de las estrellas, que brillaban con intensidad en el cielo nocturno. Sus oídos, se vieron sorprendidos por el sonido del mar, que parecía estar en la cercanía, el cual lograba tapar un poco el sonido de la música, que ya se hacía lejano, como un eco distante.

La mujer estuvo un rato con los ojos cerrados disfrutando de la naturaleza, respirando el aire limpio que entraba por su nariz. Estaba segura de que esto era un sueño, un sueño del cual deseaba no despertar jamás, queriendo retrasar lo inevitable. La tristeza la invadió. Abrió los ojos y suspiró. Miró al hombre que estaba a su lado, observándola fijamente. Se fijó en esos ojos dulces que parecían penetrarla hasta el fondo de su alma, parecían… conocerla. Estaba tan intrigada por conocer la identidad de ese hombre que, lentamente, acercó sus manos hasta el antifaz que escondía parte de su rostro. Se detuvo.

―¿Puedo?

Su interlocutor hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

Poco a poco, con sus dedos frios, Ana tomó el antifaz y se lo quitó. Abrió los ojos de par en par y puso sus manos sobre su boca. Empezó a llorar, su cuerpo comenzó a temblar y su respiración se aceleró. No podía creerlo, no podía ser verdad.

―¿Pe… Pedro? ―titubeó Ana casi en un susurro. La voz no le salía del asombro.

―Sí, amor mío, soy yo.

¿Cómo era posible, si Pedro había muerto? Cierto, estaba en un sueño. Su inconsciente le estaba jugando una broma muy pesada. Ahora sí… no quería volver a despertar nunca más.
Pedro abrió sus brazos y Ana, sin pensárselo dos veces, se le tiró encima, apoyando su cabeza en el hombro de Pedro, quien la sostuvo fuertemente, deseando que nunca se fuera de allí. La mujer lloró desconsoladamente mojando el saco de su amante, mientras él le acariciaba la cabeza y le silbaba suavemente al oído. Estuvieron así un buen rato, hasta que Ana se calmó.

Estaba tan asombrada que no sabía qué decir. Su cabeza dolía por la confusión y por la mezcla de emociones que se juntaban en ella. Seguía pensando que eso era un producto de su locura –aunque muy hermosa por cierto–, por pasarse los días encerrada en su casa, sin apenas salir.

―¿Estoy soñando? ―preguntó en voz alta.

―No, no es un sueño ―dijo Pedro en voz baja―. Bueno, en parte, sí, lo es.

Ana lo miró sin comprender.

―Tu cuerpo descansa en tu cama, Ana, pero esto es real. Estos son nuestros cuerpos astrales que se están encontrando mientras tu cuerpo físico reposa, permitiendo que nos comuniquemos. Sé que es difícil de entender, pero es la verdad. Sigo vivo, amor, nunca morí. Simplemente, ya no estoy en ese cuerpo. La muerte no existe, es solo una ilusión. ―Pedro hizo silencio para que su interlocutora pudiese asimilar aquella información. Entrecerró sus ojos y suspiró―. Te vi tan mal desde el día en que dejé el cuerpo que tenía que verte antes de seguir mi camino. Necesitaba verte una vez más y… decirte adiós.

Ana estaba quieta, apenas respiraba. Se masajeó la mente con una de sus manos. Tragó saliva y miró a Pedro, con la boca un poco abierta y con el entrecejo fruncido. No sabía qué pensar de todo lo que este hombre le decía. Le costaba creer, pero ahí estaba, lo estaba viendo con sus propios ojos, y lo estaba sintiendo. Algo dentro de ella le decía que todo eso era verdad.

―Amor, ya no me busques entre las cosas mundanas, ni tampoco en el cementerio, pues allí no podrás encontrarme. Solo recuerda nuestros momentos felices. Siempre estaré a tu lado, aunque no puedas verme. ―Pedro la tomó en sus brazos con suavidad. Sabía todo el sufrimiento por el cual Ana estaba pasando y quería aliviárselo.

―Pero… aun así… ya no estarás a mi lado. Ya no podré verte, tocarte, sentirte. ―Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente por el rostro de la mujer, que bajó la mirada y juntó sus manos estremecidas.

―Siempre estaré contigo, amor. El amor nos unirá por toda la eternidad. Nunca lo olvides. Pero aún eres joven, Ana. Quiero que seas feliz, quiero que vuelvas a amar y a sonreír. ―Pedro le sonrió y la miró con calidez. Puso una mano en su hombro, tratando de transmitirle la mayor calma posible. 

―¡¿Cómo me pides eso, Pedro?! Sabes bien que no seré capaz de amar a nadie más que no seas tú. ―Ana lo miró con los ojos llenos de lágrimas, con unos ojos llenos de confusión y dolor.

Pedro tomó su barbilla con suavidad y, lentamente, lo fue acercando hasta dejarlo a unos pocos centímetros de su rostro. Le secó las lágrimas y la besó tiernamente en los labios. Un beso suave y corto, pero suficiente para que algo de calma pasase a Ana. 

―Sé bien que eres capaz de volver a amar, Ana. Eso no significa que tengas que olvidarme. Pero debes seguir con tu vida. Cada uno de nosotros tiene que seguir adelante, y algún día, nos volveremos a encontrar. Estoy seguro, confía en mí. ―La voz de Pedro sonaba realmente convencida, tanto que Ana llegó a convencerse de que así sería―. Tienes que dejarme ir, Ana. Tú siempre has sido mi ángel, y ahora yo seré el tuyo. Seré el ángel que te protegerá y velará por ti en las noches. Búscame entre las estrellas y en el mar. Ahí estaré, siempre para ti.

Poco a poco, la paz y la esperanza ante aquellas tiernas palabras fueron envolviendo a Ana, quien dejó de llorar y pudo hacer una sonrisa. De pronto, una luz blanca los envolvió y hermosos pétalos de rosas blancas cayeron sobre ambos amantes rodeándolos de un aura de calma, que llenó el alma de la mujer de una gran dicha. Juntaron sus manos, y Ana comprendió que nunca estaría sola, que Pedro siempre estaría a su lado, y siempre lo recordaría como una brisa de pétalos de rosa, con ese aroma dulce que desprendía. 

Pedro, ante la sorpresa de Ana, comenzó a hacerse más etéreo, envuelto en una cálida luz. Se dio cuenta de que esa era la despedida. Llorando, esta vez de alegría, la mujer se acercó a su amado. Se besaron apasionada y tiernamente. De forma lenta, se separaron y todo comenzó a desvanecerse ante los ojos de Ana. Sostuvieron sus manos por última vez, y antes de que Pedro desapareciera, ella pudo pronunciar estas palabras:

―No te preocupes por mí, volveré a amar, y seré feliz. ―Una promesa que jamás olvidaría. Sabía que era la única manera de que ambos pudiesen seguir adelante. Debía dejar que el alma de Pedro continuase su camino espiritual, pues sabía que el lazo que tenían jamás se rompería.

Pedro le sonrió por última vez, susurró un “Te amo” y su cuerpo astral desapareció. Justo en ese instante, Ana despertó en su cama. Los primeros rayos del amanecer iluminaban tenuemente la habitación. La mujer tardó un instante en darse cuenta que estaba en su cuarto. Se frotó los ojos, bostezó y se estiró. Estaba demasiado confundida. Se preguntaba si todo había sido un sueño, aunque todo había sido tan real que aún podía sentir su rostro mojado por las lágrimas, y aún era capaz de ver a Pedro allí, parado frente a ella, sonriéndole. 

Giró su rostro hacia la mesa de luz y allí vio una rosa blanca. La tomó en sus manos y comenzó a llorar. No cabía ninguna duda, todo había sido real. En su aroma podía sentir la presencia de su amado. De alguna manera, sabía que estaba ahí, podía sentirlo en su corazón. Se secó las lágrimas y sonrió. Inmediatamente, una idea vino a su mente. 

Se aseó y se cambió rápidamente. Salió de su casa llevando la rosa en sus manos. Corrió lo más rápido que pudo, sintiendo el viento frio de una mañana de invierno que le cortaba la cara, pero corrió y corrió. El corazón se le iba a salir por la boca. A los pocos minutos, llegó a la costa. Dejó que su nariz se viese invadida por el olor de la sal marina, mientras el viento sacudía sus cabellos y congelaba su rostro. Se acercó al mar lo más que pudo, oyendo su movimiento rítmico. Cerró los ojos, y sin pensárselo dos veces, arrojó la rosa al mar.

―Adiós, Pedro ―susurró Ana, abriendo los ojos y dibujando una sonrisa en sus labios―. Nunca te olvidaré.

Era una promesa: nunca más volvería a llorar.

Ana se quedó allí, inmóvil, contemplando cómo la rosa se perdía en la inmensidad del mar.



1 comentario:

Shizuku Kuroneko dijo...

A mi me gustaba bastante tu blog, tanto tus reseñas como tus relatos y demás cosas, sería una lástima que lo cerraras :( También la novela que estabas escribiendo me parecia interesante, la quería seguir leyendo.
Sea cual sea la decisión que tomes, ánimo y suerte con lo que estas llevando a cabo.

Saludos y un abrazo :)